Boooooo: chicos con terrores nocturnos!

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El miedo es una emoción que surge en diferentes momentos evolutivos, va variando según la edad y es más frecuente en niñas que en varones. Es un fenómeno común en la infancia que sirve como sistema de alarma y le permite a los chicos evitar situaciones de peligro; de hecho, los distintos miedos remiten y surgen de nuevo para que puedan adaptarse a las exigencias y cambios del ambiente.
A medida que el niño crece el miedo va desapareciendo porque, a nivel cognitivo, comienza a entender mejor el medio, obviamente, influye el contexto en ese desarrollo.
Los miedos más comunes son a la muerte, la autoridad, la soledad, los animales, lo desconocido, la evaluación del rendimiento, separarse de los padres, el daño físico, los fenómenos naturales y los médicos, agujas o inyecciones.
En el primer año de vida tiene frecuencia el miedo en relación a estímulos intensos, ruidos fuertes y personas desconocidas. Luego, y hasta los seis años aproximadamente, lo que tenga que ver con seres fantásticos (brujas, fantasmas), animales, separación de los padres, tormentas, oscuridad y catástrofes. Desde los seis años aparece el miedo al ridículo, al daño físico, también a enfermedades y accidentes y al bajo rendimiento en la escuela (los miedos se intensifican entre los 9 y los 10 años). A partir de los 12, tiene preponderancia el miedo a las relaciones interpersonales. En definitiva, a medida que se reducen los miedos físicos se acentúan los sociales.
Cuando se convierten en temores desproporcionados pueden resultar en fobias y otros problemas de ansiedad. Algunos niños tienen noches terroríficas (algunos adultos también): se despiertan llorando, gritando, con angustia, sudoración y taquicardia.
Cuando los padres recurrimos a sus gritos, a pesar de estar sobresaltados, parecen dormidos con los ojos abiertos y no reconocen el lugar donde están.
Estos terrores nocturnos, con pesadillas vívidas y angustiantes, suelen producirse con alta frecuencia y en forma repetida durante la noche; tienen las siguientes características:

. Intensidad y agitación corporal
. Tensión muscular, taquicardia y sudoración
. Se olvida el sueño que ocasionó el terror o se recuerdan pocos fragmentos
. Aparecen en la primera mitad de la noche
. Se repiten durante la noche
. El despertar brusco no evita el dormirse de nuevo rápidamente
. En la mañana el cuerpo se encuentra dolorido y cansado

No hay que confundirlos con las pesadillas, éstas ocurren al final de la noche, pueden recordarse con detalle y su sobresalto no es terrorífico.
Si bien el origen de los terrores nocturnos no es conocido, el factor personal es importante. Hay que observar que está pasando con ese niño y descartar trastornos psíquicos como depresiones o el estrés inclusive. En la base para que surjan, podemos encontrar ansiedad, inseguridad y dificultad para sobrellevar cambios o recomponerse ante situaciones límites.
¿Qué ayuda a superar estos terrores?: la contención familiar, las técnicas de relajación, el ejercicio físico y, por supuesto, el trabajo terapéutico.

Señales de abuso

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Hay niños abusados sexualmente. Sí, es una triste realidad y lamento que suceda. Lamento que existan niños con experiencias sexuales no acordes con su edad, gracias a profesor@s de gimnasia, de música o a Jorge Corsi.
Tenemos que escuchar a nuestros chicos, siempre dan señales, sólo tenemos que prestar atención y observar, si queremos podemos darnos cuenta!
Basta con mirar atentamente cómo juegan los chicos y escuchar todo lo que digan. Gracias a como juegan y a lo que dicen, estamos en condiciones de detectar posibles problemas o situaciones que estén atravesando. El juego y la palabra son sus herramientas de expresión, de comunicación y sólo debemos estar allí para entender qué les pasa, qué los pone alegres o qué los angustia.

Señales de alerta:

  • Cambios de conducta: irritación, llanto, ansiedad o problemas para dormir
  • Retroceso evolutivo: pierden control de esfínteres, vuelven a hablar como bebés o no respetan los hábitos como antes
  • Tipo de juego: qué le llama la atención, que dice mientras juega, que haga juegos sexuales repetitivos entre muñecos
  • No juegan
  • Cambios en la alimentación
  • Heridas sin explicación
  • Miedo a ir al colegio o al lugar de actividades

Como padres, es necesario que les preguntemos como les fue en el colegio, en el jardín, en el taller o en la casa de alguien que visitaron, obviamente, sin volvernos excesivamente controladores; cualquier cosa en exceso es contraproducente!
Es importante que los chicos tengan claro que pueden confiar en nosotros y recibir nuestro apoyo y, por otro lado, debemos saber que no mienten en ese tipo de cosas. Se trata de que sepan que pueden conversar libremente de todo aquello que les suceda.

El diagnóstico no es la identidad!

Este gran spot, que sirve para pensar, me reaviva las ganas de publicar esto que escribí allá por el 2007:
Los psicólogos (y otros profesionales también) nos agarramos fuerte del DSM IV (y ahora el V) para diagnosticar a las personas que vienen a consultarnos (especialmente cuando lo piden las obras sociales); se cree que con algún rótulo o etiqueta clasificatoria sabremos con certeza como es el sujeto en cuestión y como continuar el tratamiento para que sea efectivo.
¿Recordamos que las palabras pueden fijar y prescribir la realidad construyéndola como tramposa y engañosa?
Parece que las personas tuvieran que ajustarse a los indicadores del manual para que, nosotros y ellos, podamos encontrar su identidad y desde allí poder trabajar. Ahora bien, el DSM IV, habla de enfermedad y realiza descripciones con un lenguaje patologizante y dormitivo. En definitiva, desde la óptica del manual, diagnosticar es un proceso de atribución lingüística, ya que la “realidad” surge de un lenguaje a través del consenso de una comunidad científica. Siguiendo a Foucault, los sistemas de conocimiento basados en las prácticas de saber, pueden ser opresivos al transformar a las personas en “sujetos deshumanizados”.
Un pensamiento organizador más flexible, implicaría considerar metáforas diagnósticas apoyadas en lo relacional (vincular) en vez de utilizar categorías. Para evitar la categorización diagnóstica, habría que recurrir a otras expresiones que no estén basadas en la enfermedad y que apunten a reconocer con qué recursos cuenta la persona para lograr su bienestar. Creo que es mejor separar lingüísticamente al problema de la identidad de quien consulta (externalización), tantear su realidad y buscar la influencia del problema en su vida porque, el problema no es la persona.
Todos tenemos un conjunto de historias para describirnos, un relato, una autonarración que genera una identidad en la que nos reconocemos; relatamos nuestra experiencia de vida, lo cual determina el significado que le atribuimos a los acontecimientos de la misma. En síntesis, para darle sentido a lo que vicenciamos, organizamos la experiencia en secuencias temporales y obtenemos un cuento coherente y continuo de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.
No hay que olvidar que la experiencia es más rica que el discurso y que, tenemos una narración dominante que deja otras posibilidades de lado, modelando así nuestras vidas y relaciones.
En el proceso psicoterapéutico, es viable identificar y generar relatos alternativos que representen nuevos significados, de este modo, se da apertura a caminos diferentes y móviles que no se vuelven pilares rígidos que dejan a la persona estática, gelizada y sin probabilidad de cambio. El diagnóstico no es la identidad!

Maltratar al más intimo

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Pasan cosas, han sido momentos duros para muchas personas según nuestros noticieros: mujeres quemadas por esposos, novios o ex, una niña asesinada a golpes por su padre, un niño muerto a palazos por su madre.
Luego de la bronca que me da y lo difícil que me es tolerar la idea de la muerte de un niño indefenso, me pregunto:
¿Qué puede pasar por la cabeza de una persona que hace algo así?
¿Por qué maltratar al más íntimo?
Se que casi todos los actos humanos están determinados por el contexto en los cuales se producen y que para entender la situación debo pensar en los elementos que componen el maltrato: la intención del agresor, el efecto que genera en el receptor, el juicio valorativo del observador del hecho y el criterio sobre el que se basa ese juicio. La teoría es clara y sin embargo, en la práctica hay que negociar entre los mandatos de la cultura, el saber popular y la experiencia profesional.
El maltrato incluye el abuso así como el descuido, porque son actos por comisión u omisión que pueden generar lesiones físicas, emocionales, sexuales o psicosociales.
Las causas del maltrato son de complejidad, hay un contexto social que lo origina y que potencia su desencadenamiento y, cada persona es el resultado de las condiciones, de las fuerzas y de las influencias de la familia y del medio.
Por otro lado, hay un juego familiar que da privilegio a ciertos motivos para los hechos agresivos, estos pueden tener que ver con la transgresión de reglas, con el control, con el dinero, etc. Aquí pueden funcionar también, una estructura patológica de personalidad por la herencia o por una historia previa de maltrato, las carencias en general, la ignorancia o las adicciones.
¿Por qué el más íntimo? Porque es el que mejor los conoce, porque es el que sostiene el juego de poder y porque es el que no puede alejarse.
En definitiva, estos individuos reproducen en espacios públicos y privados el marco cognitivo y emocional que conocen, el que han experimentado en el ambiente en el cual están inscriptos; reproducen las experiencias vividas, reproducen el aprendizaje de la violencia.
Lamentablemente, no logran cuestionarse ese aprendizaje y generar una visión diferente que les permita cambiar e incorporar un nuevo abanico de actos, basados en la conversación, la negociación y la empatía. Lamentablemente, nuestra sociedad no ha creado dispositivos funcionales y eficientes para cambiar esta situación.

Estás aburrid@?

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Llevo casi 23 años de profesión y nunca termina mi sorpresa frente al mundo.

Muchas personas que he tenido el grato gusto de escuchar, comentan que se aburren y que, por ende, aburren a otras. He preguntado por qué creían algo así y me han contestado que no saben y que se sienten de ese modo. Me ha dado la impresión que estas personas no modifican rutinas ni abren caminos de cambio e innovación que les permita visualizar horizontes entusiastas.
Así las cosas, me pregunté qué es el aburrimiento, y por las dudas que no lo tuviera claro, busqué en el diccionario de la Real Academia Española; encontré la siguiente definición a través de sinónimos: cansancio, decaimiento, molestia o fastidio..
Esta caracterización me sirvió para pensar que el aburrimiento es un estado mental con una significación particular o singular para cada uno; y de esta manera lo visualicé como un concepto ambiguo y complejo que merece que lo siga elaborando.
Ahora bien, si observo con atención estas características podría pensar que el aburrimiento se relaciona con un estado depresivo, ¿por qué? porque tienen en común, la desesperanza y el desinterés. Sin embargo, también me parece que se refiere a un estado algo narcisista y con una dimensión en cierto grado destructiva: esa indiferencia, inapetencia o falta de deseo es un ataque, un boicot a la vida que separa de vínculos y por lo tanto, disminuye el intercambio con el entorno.
En este contexto, el aburrimiento implica que no hay algo que valga la pena conocer y al bloquearse la posibilidad de experimentar situaciones de interacción con otras personas, entonces no se desarrollan fantasías o pensamientos para compartir… no se generan oportunidades ni desafíos… en definitiva, no se hace presente la aventura de vivir. Por eso creo que, en general,  las personas aburridas son bastante calladas, como ensimismadas. En ellas, el tiempo parece estar detenido, sin afecto y encapsulado; no se acercan a los otros, inclusive no toleran el encuentro con los otros y, hasta marcarían una tendencia de alguna manera antisocial, con una máscara depresiva donde el mundo parece vacío.
Por supuesto, soy consciente de que el siglo XXI es una era de comunicación, información y redes sociales que propone como valores la diversión y la felicidad y no da mucho lugar para el aburrimiento; más bien, favorece el consumo, la satisfacción inmediata y , por ende, el descarte y la fugacidad. Si bien en diferentes oportunidades se puede sentir aburrimiento como algo esperable y como un motor que impulsa a crear cosas nuevas o a ponerse introspectivo para conectarse con aspectos propios a evaluar y mejorar, también considero que puede esconder tristeza y depresión o un estilo antisocial y resentido. En síntesis, la condición del aburrimiento es la dificultad para vincularse con el mundo; para experimentarlo y reconocerlo.

Autoestima ya!

Me recomendaron una buena película francesa de Luc Besson, Angel-A. Me resultó una comedia dramática exquisita, está filmada en blanco y negro. Las escenas son de gran belleza, especialmente la del espejo, la cual me llevó a pensar y a escribir sobre  la autoestima.

Primero es lo primero, contamos con una imagen personal basada en las creencias que tenemos de nosotros mismos; la valoración que nos damos o las cualidades que nos atribuimos tienen como cimiento las experiencias que hemos atravesado en la vida. El autoconcepto se forma de a poco, se ve influido por diferentes experiencias de aceptación y rechazo por parte de los demás; estas experiencias ayudan a que comencemos a tener una idea de lo que valemos. De esta forma, conformamos nuestra autoestima, que permitirá que explotemos nuestros recursos, alcancemos metas y enfrentemos problemas.
Cuando la autoestima está baja nos limitamos y fracasamos en nuestros emprendimientos; esto sucede porque funcionamos con una distorsión del pensamiento o forma inadecuada de pensar, con autoexigencia y con excesivo perfeccionismo. Básicamente, utilizamos pensamientos negativos como:

  • Generalizaciones: con un hecho aislado elaboramos una regla universal para todo, si hoy algo me salió mal, todo me sale mal!
  • Designaciones globales: nos describimos en forma peyorativa y no observamos solo el error que cometimos, soy un desastre!
  • Pensamientos polarizados: del todo o nada, extremista, blanco o negro! es perfecto o nada!
  • Lecturas del pensamiento: suponer que no le interesamos a los demás o que los otros piensan mal de nosotros.
  • Razonamientos emocionales: sentirnos de tal o cual manera es la pura realidad y verdad, “es así” y no importa si podemos contrastar con otras experiencias; damos rienda suelta a sentimientos de soledad y de inutilidad.

Por suerte, todo puede cambiar y mejorar…y la autoestima se puede elevar si nos lo proponemos; con algunos ejercicios se puede comenzar a estimar nuestra imagen de modo más equilibrado. Cómo? Así:

  • Transformar pensamientos negativos en positivos: no es lo mismo decir “no me sale nada bien” que decir “puedo alcanzar mi objetivo si me lo propongo”.
  • Tomar conciencia de nuestros logros y reconocer el éxito alcanzado es focalizar en lo positivo.
  • Evitar las comparaciones: porque todos somos diferentes, poseemos fortalezas y debilidades que nos caracterizan y nos sirven para aprender.
  • Confiar en nuestras posibilidades: actuar en base a nuestro potencial y nuestra forma de ver el mundo, sin esperar aprobación.
  • Aceptarnos tal cual somos: valemos más allá de nuestras virtudes y defectos.

Buscar superarnos es interesante y todo un desafío, hay que identificar el aspecto a mejorar y esforzarnos en el día a día; alcanzar pequeñas metas cotidianas son un gran estímulo. Conseguir lo que queremos nos brinda sentimientos de satisfacción, por ende, mejora la autoestima. Es importante poder plantearnos metas concretas y realistas, proyectar tareas para lograrlas, organizar esas tareas en el orden conveniente porque no puede hacerse todo a la vez y, por último, ponerlas en marcha, evaluando los logros obtenidos.
Manos a la obra!!

No pierdas a tu pareja en 10 días

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A quién no se le ocurrió alguna vez hacer terapia de pareja antes de tirar todo por la borda? Hoy en día es más que común que las parejas consulten por las dificultades que encuentran en la convivencia. Algunas buscan mejorar la interacción; quieren salvar la pareja por amor, por la historia compartida, por los chicos…pero están atrincherados en una posición competitiva sobre quién tiene la razón. Otras, buscan la manera más adecuada para lograr separarse en buenos términos; sin embargo, utilizan a los hijos de escudo o de rehenes y patalean por los bienes. Y hay otras, que participan al terapeuta de la lucha para no cambiar nada y continuar con más de lo mismo en su vida cotidiana.

Hacerse cargo de que es hora de cambiar algo duele, conecta con la frustración; el cambio produce miedo y la libertad vértigo pero, despacio, surgen nuevos compartires y la pareja otra vez se va consolidando o separando amigablemente. Estar en pareja lleva trabajo y esfuerzo diario, la convivencia necesita del don de la aceptación; sé que es cliché, pero estos condimientos junto con el amor hacen que la pareja vaya para adelante y funcione.

En un mundo globalizado donde todo vale, donde la falta de sentido se afianza y las estadísticas indican que el ser humano prefiere vivir solo, dejo de lado los pensamientos derrotistas y digo sí, creo en la pareja. Creo en la pareja que tiene:

  • un punto de partida fuerte y sólido que logra pasar del enamoramiento (donde sólo vemos lo que queremos) al amor (donde el combo se ve completo y actúa la aceptación).
  • un conocimiento profundo y sincero del otro y de cada uno, que no brinda garantías pero que seguramente no tiene que ver con intereses o una necesidad de escape personal.
  • una comunicación fluida donde se puede expresar y pedir libremente sin generar falsas interpretaciones o malentendidos. Un diálogo sostenido que motiva una convivencia responsable y compatible donde se tienen en cuenta las diferencias entre los sexos (en el caso de que la pareja sea heterosexual).
  • tiene aceptación y logra comprender con amor las necesidades del partenaire, viendo al otro tal como es y poniendo el foco en las virtudes. Eso sí, no confundir tolerancia con aceptación.
  • proyectos compartidos, respetando la privacidad, los gustos y manteniendo actividades para disfrutar. Equilibrar las necesidades personales y las de la pareja sin asfixiar y evitando el aburrimiento. Es bueno renovar objetivos.
  • tiene pactos y cumple con sinceridad lo negociado. La traición es vivida de manera diferente según el sexo y es complicado sobrellevar la pérdida de la confianza.
  • habilidad para comunicar el conflicto y no lo evade; confrontar opiniones enriquece y afianza la relación.
  • capacidad de innovación y sorpresa para sostener y aumentar la pasión, permitiendo con apertura la exploración de la sexualidad, sin tapujos.
  • un funcionamiento de equipo donde ambos obtienen ganancias y no compiten profesionalmente.
  • y finalmente fuerza y estabilidad para superar las crisis personales y económicas, para no dejar cuentas pendientes ni excluir a la pareja de las decisiones.

Es verdad que no es fácil estar en pareja pero tampoco imposible!

El maltrato invisible: a los hombres también les pegan

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La violencia intrafamiliar es una realidad que afecta la vida de algunas parejas y la de sus hijos; lamentablemente crece en estadísticas. Por investigaciones, notas y artículos difundidos por los medios de comunicación, sabemos que las primeras víctimas son las mujeres y luego los niños. Sin embargo, solemos mencionar poco la violencia hacia el hombre ejercida por su mujer.
Aunque esta problemática existe, y la veo cada vez más seguido en mi consultorio, suele minimizarse y ridiculizarse; inclusive, genera poca bibliografía en el ámbito psicológico y sociocultural, lo cual permite que me cuestione:
Por qué no contamos con estadísticas al respecto?
Por qué el hombre no denuncia el maltrato y la violencia doméstica?

El varón no denuncia las agresiones, vivencia el maltrato -invisible para la sociedad- en forma solitaria y secreta: por vergüenza, porque recibe una actitud burlona de sus amigos, porque no le creen, porque lo denigran en las comisarías; en definitiva y aunque suene obvio, todavía vivimos en una sociedad machista.
Esta sociedad repleta de mitos en cuanto a los roles y, con estereotipos rígidos en relación a lo que se espera de un hombre, visualiza al varón maltratado como una persona pasiva, débil y vulnerable ante su esposa.
A los hombres, en general, les cuesta expresar o poner en palabras lo que sienten (posiblemente la cultura los entrena para eso también), suelen ocupar un lugar de todopoderosos y evitan que afloren miedos, debilidades o sentimientos relacionados con la vergüenza, la tristeza, la inseguridad y la incertidumbre.
Cuando las parejas llegan a la violencia física, es sólo la punta del iceberg, debajo, como red sólida, se encuentra el maltrato psicológico plagado de insultos, descalificaciones, desatenciones, indiferencia, reclamos sexuales y monetarios que degradan la masculinidad del hombre en situación de violencia doméstica.
La violencia intrafamiliar se caracteriza por la toma de posiciones, por crear un pacto víctima victimario y, claramente, ese rol de víctima puede ser desarrollado por un niño, un adulto o un anciano sin importar si es hombre o mujer.
Las mujeres también pueden actuar como victimarias: insultando, estando desalineadas, realizando denuncias falsas para favorecer el divorcio, abusando de los bienes materiales, amenazando con llevarse a los hijos, auto infligiéndose daños corporales, chantajeando, siendo violenta verbal o físicamente; en síntesis, puede maltratar exactamente igual que un hombre (peor también?).
En gran Bretaña y Estados Unidos, la estadística va en aumento y tienen organizaciones para trabajar con el tema. España posee una asociación de hombres maltratados y Holanda cuenta con un refugio para estos varones.
En Argentina aún no hay muestras de preocupación al respecto. Si logramos liberarnos del prejuicio que indica que los hombres no pueden ser abusados o golpeados, podremos pensar el problema y generar estrategias de solución, creando otra realidad posible.

El cuerpo también cuenta cosas

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El cuerpo cuenta cosas a través de la enfermedad cuando falta capacidad para expresar en palabras las diferentes emociones; es decir, los sentimientos producto de experiencias de gran intensidad emocional, no logran ser exteriorizados y es así como surgen las enfermedades psicosomáticas.

Cuando una persona enferma hay tres pilares a tener en cuenta en el análisis de la enfermedad: factores orgánicos, factores psicológicos y factores ambientales. No se los puede pensar por separado o como compartimentos estancos; la enfermedad surge porque hay un componente biológico hereditario y un tiempo-espacio psicológico ambiental que facilita el desarrollo de los síntomas.

Gracias a la filosofía cartesiana obtuvimos la dicotomía alma-cuerpo; algunos han caído en definir todo a través de lo orgánico y otros sólo lo han hecho por lo mental. Hoy sabemos que no hay una sola teoría que pueda brindar una completa y acabada descripción de la realidad; más bien tenemos que desarrollar una visión integral y sistémica donde diferentes variables interaccionan para que se produzca el fenómeno psicosomático. Individuo, ambiente, predisposición hereditaria, contexto familiar, aspectos químicos y hormonales, son algunas de las variables en juego en la somatización.

La dificultad para identificar, definir, describir, distinguir o reconocer sentimientos y sensaciones corporales nos muestran una persona propensa a manifestar trastornos psicosomáticos. Las enfermedades más conocidas son:  asma, gastritis, hipertensión y psoriasis; dentro de los nuevos trastornos encontramos:  fatiga, estrés, burn out o insomnio.

Es importante poder expresar la angustia, la tristeza o el dolor ante situaciones concretas de la vida, es necesario darse tiempo para asumir estos sentimientos, hablar de ellos y no aceptar a estas enfermedades como irremediables o inevitables.

Si queremos alcanzar el bienestar y una mejor calidad de vida, no queda otra que cuidar nuestro cuerpo, nuestras emociones y establecer lazos sociales no tóxicos.

Corrosión emocional

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Emociones corroídas, energía explotada hasta su última gota, estado de agotamiento mental y físico, son algunas cosas que sentimos luego de interactuar con personas que tienen características tóxicas. Como bien dice el libro de Lillian Glass, estos personajes actúan como verdaderos vampiros emocionales (Dr. Albert Bersnstein). Los vampiros en cuestión nos desgastan, nos corroen y nos resquebrajan el alma.

En ocasiones, se trata de personas que tienen un estilo encubierto para agredir, tienden a ser solapados e inclusive pueden parecer serviciales, inofensivos y hasta preocupados por nuestro bienestar. Suelen acechar con dobles mensajes (verbales y gestuales) que logran confundir nuestras impresiones, utilizan la ironía, el humor y la crítica constante (nada constructiva obviamente).

Otras veces, tienen una forma más visible: actúan de manera negativa y pesimista. Se quejan en forma constante y a todo le encuentran un pero; nunca se relajan. Cuando compartís con ellos te contagias de un estado de ánimo irritado, congestionado y de hartazgo!

Pueden ser peleadores y movilizan en el compañero una posición sumisa que se implementa con el objetivo de evitar conflictos. Son mentirosos, utilizan el sarcasmo para hacer doler hasta la médula! A veces, usan otra estrategia: mostrarse débiles, desprotegidos, generan culpa y casi que tenes la necesidad de cuidarlos! Con tinte de caos, crisis y desgracias inminentes, dejan nuestro ánimo apagado, impotente, deprimido y colapsado.

Estas personas manipulan y juegan con nuestros sentimientos, contagian, lanzan un virus corrosivo y ácido que provoca un impacto emocional y biológico en nuestra forma de estar en el mundo.

Sean parte de vínculos cercanos (familiares, amigos, parejas) o más lejanos (laborales, ambientales), más vale buscar una forma de contrarrestarlos! Te conviene distanciarte emocionalmente o finalizar la relación! Protegete sin hacer carne de sus comentarios, explicitando los sentimientos que te provocan! Es más, si el vínculo es muy cercano y debes mantenerlo, entonces volvete un animal político!

Cuidate, querete!