Cerrado por duelo

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Cuando camino por ciertas avenidas, cuando voy al shopping o cuando miro TV, creo ver que el siglo XXI ofrece valor absoluto y una admiración boquiabierta a poseer una imagen narcisa de perfección y a mantener un estado de felicidad constante. Tareas titánicas si las hay, la perfección y la felicidad,  demuestran requerir de dietas, peluquería, operaciones, libros de autoayuda, sesiones de coaching, talleres diversos y la infaltable, industria farmacéutica.

Es evidente que en este universo de caritas felices y bellas no hay mucho lugar para expresar tristeza, para que se arrastren las penas o para mostrar insatisfacción. Ahora pregunto, a nadie se le ocurre pensar que si te encontrás absolutamente satisfecho y todo es perfectamente feliz ya no hay motivos para mejorar, para cambiar o para esforzarte y avanzar?

Con el “modo feliz on” la vida genera pocas motivaciones o interés, más bien todo va en automático. Bajo semejantes mandatos culturales cualquier ánimo bajoneado se caratula de depresión; sin embargo, no siempre se trata de una depresión, a veces, solo estamos pasando situaciones de vida particularmente frustrantes o que son comunes en determinadas etapas del ciclo vital o, simplemente estamos pasando un momento de preguntas existenciales y estamos ensimismados intentando contestarlas.

Transitar experiencias, implica que pasemos por golpes emocionales fuertes e inesperados los cuales pueden generar ansiedad, desazón,  tristeza y sentimientos negativos.  Y acaso no es esperable? No se necesita de cierto tiempo de elaboración y recuperación? Por qué pasar directamente a etiquetar con depresión y, por lo tanto, a tomar un antidepresivo? En definitiva, replegarse por cierto malestar es positivo ya que corresponde a una forma de supervivencia que nos aleja del peligro mientras tomamos empuje para procesar la situación dolorosa, de hecho, también es una forma de solicitar ayuda a nuestra red de vínculos y también, de tomar distancia para fortalecernos y salir adelante.

Entonces, este tipo de reacciones son saludables, esperables y comprensibles. Sirven para que aprendamos, para que atravesemos el dolor lo mejor posible. En síntesis, el duelo como efecto de situaciones que propician un cambio en nuestro estado emocional es necesario; no así la sobreadaptación, que hace que mostremos una carita feliz y perfecta para encajar.

Sí, ponernos en “modo off” un rato, nos hace bien.

Si queres llorar, llorá!

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Dale! Llorá! Llorar es bueno para la salud física y mental, reduce emociones fuertes y te tranquiliza para solucionar problemas. Cuando llorás, se liberan las hormonas del bienestar que disminuyen el nivel de angustia y actúan como un calmante natural. Por eso, después de llorar, estás relajad@, se reduce la carga emocional y aumenta la lucidez y racionalidad para resolver el problema.

El llanto es un mecanismo biológico: se limpia el lagrimal, se hidrata el ojo y se liberan las hormonas del bienestar. Cuando estás estresad@ estas hormonas están sobrecargadas, al llorar, eliminás oxitocina, adrenalina, noradrenalina, opiáceos endógenos y un grupo de péptidos que provocan los mismos efectos que los analgésicos opiáceos. Voilá! Liberaste sustancias y te sentís mejor!

Ahora, por qué llorás? Por alteraciones anímicas, especialmente las negativas como bronca, tristeza, cuando recibís malas noticias o tenés pensamientos nocivos. Dentro de las emociones positivas, lloramos por empatía, porque podemos ponernos un rato en los zapatos del otro y conectarnos con sus sentimientos.

Cuando reprimís el llanto, afectás tu salud! A más presión, mayor descontrol emocional. No le des importancia a la connotación de debilidad, sensibilidad o inseguridad que suele tener el llorar. La salud emocional se garantiza con la expresión y comunicación asertiva. Cuando las emociones se bloquean, el cuerpo puede enfermar.

El llorar sano es proporcional al motivo que lo desencadena; si es desproporcionado, puede ser señal de otro trastorno.

Ya sabés, si querés llorar, llorá! Hace bien.

 

 

Me fue infiel… y ahora?

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Al final no se puede poner las manos en el fuego por nadie. Es doloroso, cuando te enteras  no sabes qué hacer, tu corazón late fuerte y corre calor por el cuerpo, estado de shock, emociones intensas…se supera la infidelidad? Cómo?

Los factores que intervienen en la infidelidad pueden ser dificultades personales como baja autoestima, alcoholismo o adicciones, y también problemas de pareja no resueltos.  La infidelidad varía entre parejas e incluso entre compañeros, además tiene consecuencias, porque este tipo de secreto a la corta o a la larga erosiona el vínculo.  Las causas son muchas, como tantas personas hay, pero a grandes rasgos, ser infiel es una elección. En ocasiones, los miembros de la pareja se descuidan, pierden el romance o la seducción y eso predispone al encuentro con un tercero; otras, es para evadirse de una realidad conyugal conflictiva en la que se busca un compañero que actúe de bálsamo. También se es infiel, por insatisfacción sexual, por despecho o por deporte nomás.

El vacío, el hastío, el maltrato, el descuido o  la pérdida pueden ser sensaciones motivadoras a la búsqueda de alguien diferente, a la búsqueda de esa persona que refresca la realidad y genera atracción ya que ayuda a estimular una nueva autoestima y autovaloración.

Se puede perdonar? Parece que sí, muchos apuestan a continuar la relación y encausan la energía hacia el duro trabajo de reparar el vínculo y dejar la situación en el pasado. Algunos se atormentan en el intento y otros, prefieren dar por terminada la pareja.

Evidentemente, para superarlo debe haber un deseo de salir adelante de a dos y muchas ganas de mantener la relación, un  alto grado de compromiso además de acciones concretas que vuelvan a inspirar confianza.

Es importante buscar apoyo que no enjuicie, darse tiempo y no pedirle a la pareja detalles de lo sucedido lo cual lastima demasiado; especialmente, entablar conversaciones con honestidad y tratar las motivaciones subyacentes a la infidelidad.

Hay pasos para recuperarte, primero no tomes decisiones, para continuar o terminar la relación necesitas tiempo para sentirte mejor, analizar lo sucedido y comprender lo que pasó. Ambos miembros de la pareja, deben responsabilizarse de sus acciones, cortar con el hostigamiento, frenar el contacto con el tercero en cuestión y examinar si se quiere salvar la relación.

En definitiva, fortalecer el vínculo es un trabajo arduo, implica escucharse (ambas partes van a tener cosas para decir!!) y darse la oportunidad tanto como el espacio para elaborar las diferentes emociones que vayan apareciendo: bronca, ira, desconfianza, miedo, angustia, incertidumbre, inseguridad, venganza, vergüenza, culpa, remordimiento…y otras que seguro no se me ocurren.

Si reconciliarse es un objetivo compartido, hay que tener en cuenta que “arreglar” la pareja y restablecer la confianza llevará energía, dedicación y tiempo. Si decidís perdonar porque crees que lo que había entre ambos vale la pena, qué valiente! Tu vínculo puede sobrevivir e incluso mejorar!

Los chicos copian lo que ven

Cuando un niño vive expuesto a la violencia (simbólica, física, psicológica, la que se te ocurra), podrá imitar comportamientos agresivos replicando la polaridad víctima-victimario o será resiliente y provocará un cambio en su vida!

Me quedo con la frase de Einstein: “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”.

Y si tu peor enemigo sos vos?

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Algunas personas tienen una lista infinita de pensamientos como “no puedo solucionar los problemas”, “no puedo ser feliz”, “no soy capaz de salir adelante”… Con estas ideas, categorizadas como verdades, permitís que pensamientos negativos controlen tu vida. No sirve. No funciona así, el enemigo sos vos.

No hay dudas, estás conectado con el mundo y ese mundo se basa en los pensamientos que estás construyendo acerca de él. Esos pensamientos te generan sentimientos de impotencia y bronca por lo cual se confirman tus ideas iniciales. En este círculo vicioso, tu autoestima disminuye y devalúas tu autoconcepto; en definitiva, valoras tu persona en forma negativa y creas tu propia infelicidad.

Nuestra autoestima, se desarrolla desde chicos, primero en interacción con las figuras parentales, luego con los maestros y el grupo de pares. La forma en que nos brindan la información va a generar o no confianza en nosotros mismos. Cuando el niño reciben maltrato, destrato, un trato duro, exigente o tienen que hacer cosas por él ya que se le hace creer que no es una persona capaz, entonces se instala el Síndrome de Indefensión Aprendida o Adquirida, en el que subyace el pensamiento de “no sirvo para nada”; el S.I.A. es  como una desesperanza inducida. En este sentido, las personas aprenden a comportarse pasivamente, se sienten desamparadas e incapaces de lograr sus metas vitales.

Esta estructura de pensamiento signada por la creencia de fracaso y por sentimientos de inutilidad, se perpetúa a lo largo de la vida dejándote entrampado en la pasividad y atrapado en síntomas de corte depresivo. Por eso debemos contar con estrategias asertivas que nos hagan fuertes y nos den la posibilidad de despertar del letargo adquirido; pensá en positivo, nada como estar a gusto bajo tu piel.

No te olvides, CREAS aquello que CREES.